Liderar lo importante: estrategias de prevención y gestión de la convivencia escolar
Curso "Liderar lo importante: estrategias de prevención y gestión de la convivencia escolar"
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En esta publicación profundizamos en los datos y estrategias clave presentadas en la infografía «Aprender con pertenencia: estrategias para fomentar una buena convivencia en cada aula» (descarga disponible en medio y al final del artículo). Este recurso se alinea directamente con los pilares de «Cultura de aula y tiempo para el aprendizaje», «Calidad del pensamiento» y «Formación socioemocional y del carácter» de nuestra Guía de Clases Efectivas.
Asimismo, se articula con la Guía de Escuelas Efectivas en sus dimensiones de «Sistemas y prácticas efectivas de enseñanza» y «Cultura, convivencia y formación del carácter», proponiendo estrategias que transforman la pertenencia en una red de seguridad psicológica y en un requisito cognitivo fundamental para disminuir la ansiedad y potenciar el aprendizaje de todos los estudiantes.
Para los líderes escolares y docentes, guiar el desarrollo de niños y adolescentes en la actualidad presenta retos sin precedentes. A los desafíos tradicionales de la enseñanza, hoy sumamos una crisis silenciosa pero profunda marcada por el aislamiento, la ansiedad digital y la falta de socialización entre estudiantes (por ejemplo, profundizada por la pandemia).
Los datos actuales a nivel de escuela, regionales y nacionales nos llaman a una acción inmediata:
Frente a la frialdad de las pantallas y el deterioro de la percepción de seguridad, la escuela puede proporcionar un antídoto: interacciones presenciales constantes que reafirmen el valor de cada estudiante (Lemov et al., 2023).
Una sociedad donde la conexión digital es cada vez más común que la presencial, la necesidad de pertenecer se hace más patente. La verdadera innovación educativa actual no solo debe enfocarse en integrar nuevas tecnologías, sino en saber cómo mitigar los efectos negativos del mundo digital, construyendo refugios analógicos de vinculación humana (profundiza en Cómo implementar la regulación de celulares en Chile: evidencia y estrategias clave).
Frente a este escenario, es fundamental comprender un principio ético esencial: una buena convivencia escolar y el bienestar estudiantil son bienes en sí mismos. No se trata de un simple «medio» para subir las calificaciones o mejorar los resultados en pruebas estandarizadas. Lograr que los estudiantes se sientan valorados y seguros transforma directamente su calidad de vida y su desarrollo humano, dotándolos de herramientas socioemocionales invaluables.
Aquí es donde entra la ciencia de la pertenencia. El cerebro humano es un órgano social que necesita recibir señales constantes de conexiones emocionales seguras para disminuir la ansiedad y el estrés. Para comprender el impacto de este fenómeno, es vital definirlo con precisión. El sentido de pertenencia escolar es la percepción y experiencia vital de los estudiantes de sentirse personalmente aceptados, respetados, incluidos y apoyados por otras personas en el entorno social de la escuela (Goodenow, 1993 en Korpershoek et al., 2020). Sentirse parte valiosa de un grupo no es un simple lujo emocional, sino un requisito biológico y cognitivo fundamental para el bienestar.
En la comunidad científica la pertenencia como factor clave comenzó a estudiarse en mayor profundidad en los años 2000, relacionándose positivamente con aspectos como el involucramiento, la autoestima, la motivación, entre otros.
Un estudio más reciente es un metanálisis realizada por Korpershoek y colegas (2020), el cual analizó 82 revisiones internacionales. Sus hallazgos son reveladores para cualquier líder escolar, ya que a diferencia de investigaciones previas, se incluyeron factores olvidados como el logro académico y los índices de deserción escolar:

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La ciencia del comportamiento social nos indica que el sentido de pertenencia se construye «de afuera hacia adentro», a través de pequeños gestos y señales que indican de forma implícita: «somos cercanos, estamos seguros y compartimos un futuro» (Coyle, citado en Lemov et al., 2023). Los estudiantes comienzan a sentirse parte del grupo cuando actúan rutinariamente como si pertenecieran a él, es decir, no es realista pensar que se desarrollará automáticamente.
Atribuir la responsabilidad de una problemática social tan amplia a los establecimientos educacionales sería un error; no obstante, sí podemos implementar estrategias dentro de la sala de clases para generar un entorno seguro para aprender.
Basándonos en el libro Volver a vincularnos del equipo internacional de Doug Lemov y en la evidencia internacional recolectada por el Ambition Institute en Motivación y éxito estudiantil: recursos basados en evidencia para potenciar el compromiso escolar, presentamos cuatro estrategias flexibles y adaptables que se integran orgánicamente a cualquier materia y potencian el nivel de pensamiento y participación de los estudiantes (ver más sobre esta idea aquí):
El lugar hacia donde dirigimos la mirada comunica a los demás si sus intervenciones son valoradas o ignoradas. Enseñar explícitamente a los estudiantes rutinas de atención —como seguir con la mirada a quien habla y orientar el cuerpo hacia el compañero— demuestra que sus ideas son bienvenidas y respetadas (más sobre hábitos de atención en ¿Cómo desarrollar hábitos de atención en el aula? Estrategias prácticas para educadores).
Cuando un joven comparte una opinión y recibe la mirada atenta de sus pares, experimenta una validación social profunda que reduce su ansiedad y satisface su necesidad psicológica de vinculación (profundiza en Motivación de los estudiantes: ¿la respuesta está en las ciencias cognitivas?).

En un entorno digital donde prima la polarización y las respuestas viscerales, el aula puede ser uno de los nicho donde se trabaje directamente la empatía (no, no se desarrolla automáticamente). Esto se logra estructurando la conversación. Por ejemplo, los hábitos de discusión significan enseñarles a iniciar sus intervenciones diciendo «Estoy de acuerdo con lo que planteó Camila porque…» o «Discrepo respetuosamente de la idea de Juan…». Estas formas de comunicación validan la identidad del resto y construyen un tejido social seguro y cohesionado.
Es importante reconocer que en un comienzo estas rutinas pueden sentirse algo forzadas, pero también aprovecharse como instancias divertidas para practicar el logro de conversaciones dinámicas. Gradualmente los estudiantes reacios podrán ir dándose cuenta del bienestar que genera ser escuchados, y valorados.
Validar a un estudiante no tiene por qué interrumpir la clase. Establecer rutinas de «apoyo silencioso», como simular chasquidos con los dedos o un gesto con las manos («enviar magia o inspiración») cuando un estudiante se esfuerza por responder, queda en blanco o simplemente es tímido, inyecta contención emocional al instante. Esta red de apoyo previene la burla y celebra la valentía de participar, potenciando el sentido de pertenencia a un grupo emocionalmente seguro.
De esta forma, establecer rutinas predecibles y un ambiente organizado transmite a los estudiantes que su tiempo es valioso y que la escuela es un lugar seguro. Lejos de concebirse como un control rígido, la regulación externa actúa como una red de seguridad imprescindible para el aprendizaje y para transitar hacia la interiorización moral de conductas prosociales.
De acuerdo con las investigaciones sistematizadas por el Ambition Institute, disponer de entornos ordenados y predecibles permite prevenir e identificar de forma proactiva los problemas de comportamiento en lugar de reaccionar a posteriori. Las expectativas claras y consistentes reducen notablemente la ansiedad de los estudiantes y les proporcionan un marco estructurado en el que pueden ganar confianza, sentirse protegidos y transitar con éxito hacia una motivación por el aprendizaje mismo. Cuando todos los docentes de un establecimiento comparten expectativas específicas de comportamiento, estas adquieren un efecto multiplicador en la comunidad.
Según Volver a vincularnos, transformar aulas desconectadas en comunidades empáticas requiere de una «ingeniería social» intencionada.
Para que estas prácticas basadas en evidencia cobren vida, una gestión de calidad debe priorizar el bienestar psicosocial en su planificación estratégica. Esto significa que los equipos directivos deben orquestar un desarrollo profesional docente continuo y prolongado en el tiempo centrado en las interacciones cotidianas. Los programas enfocados en optimizar las interacciones profesor-estudiante se alzan como los más exitosos: mejoran los resultados académicos, promueven relaciones sanas entre pares y elevan el bienestar de los propios docentes.

En cualquier caso, prescribir metodologías excesivamente rígidas o pautas instruccionales inflexibles resulta ineficaz y socava la autonomía profesional de los docentes. Las interacciones en el aula son verdaderamente eficaces cuando los docentes comprenden a cabalidad los principios conceptuales que las sustentan (por ejemplo: la importancia de satisfacer necesidades psicosociales como el sentido de competencia, vinculación y autonomía; considerar las limitaciones de la memoria durante el aprendizaje; entre otros). Dicha base teórica les otorga la flexibilidad necesaria para tomar decisiones acertadas ante la imprevisibilidad de una sala de clases.
Cuando la convivencia escolar se asume como el corazón de la experiencia educativa, logramos que la escuela cumpla su promesa más esencial: ser el lugar donde cada estudiante sienta que está en un espacio seguro, que le reconoce y cuida, transformando su vida para siempre.
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